
Qué dice la neurociencia sobre quién inicia tus movimientos
Autor: Tecnofits | Basado en el contenido del Prof. Lic. Leandro Lardone
Curso relacionado: Movimiento Voluntario
¿Alguna vez sacaste una pelota “por reflejo”? ¿O te sorprendiste llevando la mano al plato después de haber decidido no comer más? La neurociencia tiene una noticia incómoda y fascinante a la vez: tu cerebro inicia el movimiento antes de que seas consciente de haberlo decidido. Y entender cómo funciona ese proceso no es un lujo teórico: cambia la forma en que enseñás, corregís y programás el entrenamiento de tus alumnos. Si trabajás con Pilates o entrenamiento funcional, esto te interesa de lleno.
Reflejo y voluntario: un continuum, no una frontera
Solemos pensar el movimiento reflejo y el voluntario como opuestos. La evidencia sugiere otra cosa: existe un continuum entre ambos. El reflejo es inmediato, necesita un estímulo externo, se resuelve a nivel medular y no puede vetarse. El movimiento voluntario, en cambio, no depende de un estímulo externo, se elabora a nivel cortical, admite memoria prospectiva y —esto es clave— puede ser suprimido o vetado.
Como plantea Emilio Masabeu, el reflejo no es lo opuesto a la motricidad voluntaria sino su sostén y complemento: la actividad refleja anticipa y favorece al movimiento voluntario. Cuando tu alumno estabiliza la pelvis en el Reformer antes de mover una pierna, hay un fondo reflejo-automático trabajando para que la acción voluntaria sea posible.
El experimento de Libet: el cerebro arranca antes que la consciencia
A fines del siglo XX, Benjamin Libet demostró que el movimiento se inicia al margen de la consciencia: el potencial de preparación (readiness potential) aparece entre 400 y 1200 milisegundos antes de que la persona registre haber “decidido” moverse. ¿Significa que no hay libre albedrío? Libet propuso una salida elegante: aunque el movimiento arranca inconscientemente, conservamos el poder de veto. No sería tanto “free will” como “free won’t”: la libertad de frenar.
Mario Di Santo lo resume con una idea potente: somos, principalmente, supresores de movimientos. Pasamos gran parte de la vida evitando, inhibiendo, vetando. Entender de movimiento y coordinación es, en el fondo, comprender de inhibición.
Los dos circuitos que inician la acción (y por qué el amague funciona)
Según la revisión de Patrick Haggard (2007), todos los circuitos corticales del movimiento voluntario convergen en la corteza motora primaria (MP1), el “teclado” desde donde se descarga la orden hacia la médula. Pero hay dos grandes rutas de llegada:
- Circuito ventral (ganglios de la base – pre-AMS): es el de las acciones auto-iniciadas, sin estímulo externo. La pre-área motora suplementaria frena o veta la acción, y los ganglios de la base “inhiben esa inhibición” para que el movimiento nazca.
- Circuito dorsal (parietal – corteza premotora): más rápido e inmediato, se activa cuando el tiempo apremia: sujetar, interceptar, atajar. Esas “reacciones de arquero” que llamamos reflejos son, en rigor, acciones corticales que no llegaron a ser reguladas por la pre-AMS.
Acá hay una aplicación directa al deporte: corregir un programa motor en curso lleva unos 80 milisegundos; cambiarlo por otro, más de 400. Por eso funciona el amague: obligás al rival a cambiar de programa, no a corregirlo. Y por eso la velocidad de corrección y de cambio de programa se puede —y se debe— entrenar.
Coordinar es inhibir: sincinesias e irradiación proximal
En la MP1, los sectores que activan músculos agonistas, antagonistas y sinergistas están anatómicamente pegados. En etapas iniciales del aprendizaje, la activación “se derrama” hacia columnas vecinas que no corresponden: es la irradiación proximal, que genera sincinesias —activaciones parasitarias de músculos que deberían permanecer inactivos—.
¿Te suena el alumno que aprieta la mandíbula y levanta los hombros en cada Hundred? Eso es una sincinesia. No se corrige “activando más”, sino refinando la inhibición: menos tensión parásita, más precisión en los protagonistas del movimiento. El perfeccionamiento técnico es, neurofisiológicamente, un proceso de eliminación progresiva de sincinesias. Además de mejorar la calidad y la economía del gesto, reduce patrones disfuncionales que predisponen a lesiones mio-tendinosas.
Cómo llevarlo a tus clases
- Usá consignas de inhibición, no solo de activación: “soltá los hombros”, “aflojá la mandíbula” enseñan tanto como “activá el centro”.
- Automatizá lo básico para liberar la corteza prefrontal: cuando los ganglios de la base ensamblan el movimiento, tu alumno queda libre para atender consignas nuevas.
- Alterná tareas auto-iniciadas (circuito ventral) con tareas reactivas ante estímulos (circuito dorsal): entrenás dos vías distintas de inicio de la acción.
- Sumá imaginería, auto-hablado y observación: son de las pocas actividades mentales que pueden preceder y preparar la acción motriz.
Conclusión: entrenar también es enseñar a frenar
La neurociencia del movimiento voluntario nos deja una lección contraintuitiva: la calidad del movimiento no depende solo de cuánto activamos, sino de cuán bien inhibimos. El cerebro decide, veta, corrige y automatiza —y vos, como profesional del movimiento, podés diseñar clases que dialoguen con esos mecanismos en lugar de ignorarlos.
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