
Decidir es entrenable: lo que la neurociencia te enseña sobre cada elección en movimiento
Autor: Tecnofits | Basado en el contenido del Prof. Lic. Mario Di Santo
Curso relacionado: Neurobiología
Mirá una clase cualquiera de entrenamiento funcional o Pilates: un alumno tiene que elegir entre acelerar el paso o frenar, sostener una postura o cambiarla, arriesgar una progresión o quedarse en lo seguro. Todo el tiempo estamos, sin saberlo, entrenando algo mucho más profundo que músculos: estamos entrenando el cerebro que decide.
Durante años la formación en Pilates y entrenamiento funcional puso el foco casi exclusivamente en la ejecución técnica: la alineación, el control, la respiración. Y está bien, es la base. Pero hay una segunda capa que como instructores solemos dejar afuera del programa: la capacidad de decidir bien y a tiempo dentro del movimiento. Entender cómo el cerebro toma esas decisiones —y cómo se entrena esa capacidad— te da una herramienta que pocos colegas están usando todavía.
Educar el movimiento no es lo mismo que educar por el movimiento
Hay dos maneras de pararse frente a una clase. La primera es sostener el programa motor desde una única referencia: mostrás el ejercicio, el alumno lo copia, no hay opciones que valorar. La segunda pone en juego algo distinto: exige que el alumno valore alternativas, decida entre ellas y recién después ejecute. A la primera la llamamos educación del movimiento. A la segunda, educación por el movimiento.
La diferencia no es un matiz semántico. Cuando diseñás una clase que obliga a elegir —qué apoyo usar, qué ritmo sostener, cuándo soltar tensión y cuándo mantenerla— estás activando circuitos prefrontales de decisión que el ejercicio repetitivo puro no toca. Y esos circuitos son, justamente, los que tu alumno necesita fuera del estudio: en su trabajo, en su deporte, en su vida.
El cerebro no decide como una calculadora
Durante mucho tiempo se pensó la decisión como un proceso puramente racional: sopesás datos, elegís la mejor opción. La neurociencia mostró algo distinto. Antonio Damasio, con su hipótesis del marcador somático, plantea que las señales corporales —sobre todo las viscerales— “marcan” cada opción como conveniente o desventajosa antes de que la razón termine de intervenir. Nunca decidimos en un contexto emocionalmente neutro.
La región clave en este proceso es la corteza prefrontal ventromedial (CPFVM), que conecta la información interoceptiva —lo que pasa en tus vísceras, tu tono muscular, tu estado corporal general— con el circuito de decisión y con las emociones. Cuando esa corteza está dañada, la persona conserva intacto el intelecto pero pierde la capacidad de decidir bien: el caso clásico es Phineas Gage, cuya lesión frontal lo dejó “sin ser el mismo” a la hora de elegir.
¿Qué significa esto para tu clase? Que un alumno tenso, con mala regulación respiratoria o desconectado de sus propias sensaciones corporales, va a decidir peor dentro del movimiento —dudará, se pondrá rígido, o se arriesgará de más sin registrar la señal de alarma. Trabajar la interocepción y la respiración no es solo relajación: es entrenamiento decisional.
Los tres momentos de toda decisión motriz
El modelo neurofisiológico identifica tres etapas que se repiten cada vez que alguien decide, adentro o afuera del gimnasio:
Valoración, donde distintas opciones se cargan de un valor subjetivo (participan la CPFVM y el estriado). Elección, donde ese valor se convierte en la opción ganadora (corteza prefrontal lateral y áreas parietales). Y acción, la implementación motriz final.
Como instructor, podés intervenir en las tres. Ofrecer variantes reales (no solo una progresión obligatoria) trabaja la valoración. Dar una ventana de tiempo breve para elegir —sin apurar ni resolver por el alumno— entrena la elección. Y exigir que la ejecución sea coherente con lo elegido, sin permitir que el cuerpo “decida por su cuenta” en piloto automático, consolida la acción. Tres momentos, tres oportunidades didácticas que hoy probablemente estás dejando pasar.
Por qué repetir sin sentido no construye memoria motriz
Acá entra la segunda pieza teórica: la memoria motriz no se consolida por la simple acumulación de repeticiones, sino por repeticiones con sentido y significación. La huella que deja un movimiento —los cambios estructurales en las sinapsis, la formación de nuevas conexiones— depende de que ese movimiento esté cargado de relevancia para quien lo ejecuta.
Esto tiene una consecuencia práctica enorme para tus clases: la técnica del “hacelo de nuevo, sin parar, treinta veces” es la forma menos eficiente de fijar un patrón motor. Es mucho más efectivo variar el contexto, pedirle al alumno que resuelva un pequeño problema motor en cada repetición (un apoyo distinto, una velocidad distinta, una consigna que lo obligue a decidir de nuevo) que clonar la misma repetición en piloto automático. La memoria implícita —la que sostiene tus movimientos automáticos— se construye lento y por significación, no por volumen ciego.
Llevalo a tu próxima clase
No hace falta rediseñar todo tu programa. Alcanza con incorporar, en cada clase, al menos un momento donde el alumno tenga que elegir de verdad entre opciones reales, y un momento donde tenga que repetir un gesto dándole un sentido distinto cada vez. Con eso ya estás entrenando algo que va mucho más allá del músculo: la capacidad de decidir bien, bajo presión, con el cuerpo como terreno de prueba.
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