
Por qué la sentadilla sola no te hace más rápido
Autor: Tecnofits | Basado en el contenido del Prof. Lic. Leandro Lardone
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Seguro lo escuchaste en el gimnasio: “ahora hago la transferencia”. Y lo que viene después es una sentadilla pesada seguida, sin pausa, de cinco saltos o un sprint de veinte metros. La escena se repite en clubes, boxes y centros de entrenamiento de todo el país. El problema es que, en la enorme mayoría de esos casos, lo que está pasando no es transferencia: es fatiga disfrazada de método. Y si entrenás deportistas que necesitan acelerar, frenar y cambiar de dirección, esa diferencia te cambia el resultado.
En este artículo vamos a ordenar el concepto de transferencia aplicado al desarrollo de la fuerza horizontal —la que sostiene el sprint, la aceleración y los cambios de dirección— apoyándonos en la mirada de González Badillo, las leyes de correspondencia dinámica de Siff y Verkhoshansky, y los aportes de Bosch sobre coordinación e intención.
1. Qué es (y qué no es) transferencia
González Badillo lo define con una claridad que conviene tener a mano: la transferencia es la aplicación del efecto de un entrenamiento a las actividades propias del deporte específico. Es decir, el ejercicio A produce un cambio que después se expresa en el gesto B. Ojo con el detalle: para que haya transferencia, A y B tienen que ser distintos. Si hacés exactamente el mismo ejercicio, no estás transfiriendo nada, simplemente estás entrenando ese ejercicio.
De ahí se desprende la corrección más importante que podés hacerle hoy a tu planificación: la mera sucesión de dos ejercicios no garantiza transferencia. Superseries, triseries y series gigantes que terminan con el gesto deportivo suelen producir el efecto contrario. El deportista llega al último ejercicio fatigado, ejecuta con menos velocidad, degrada la técnica y consolida errores. En lugar de mejorar el gesto que querés potenciar, lo estás ensuciando.
Lo mismo vale para el método de contrastes. Alternar pesado y lento con liviano y rápido es una herramienta válida, pero no es sinónimo de transferencia: para que funcione tiene que respetar la semejanza de patrones de movimiento y administrar bien la fatiga. Y hay una confusión más que conviene despejar: especificidad y transferencia no son lo mismo. A veces el ejercicio más parecido al gesto no es el que más mejora el rendimiento, y a veces uno bastante disímil sí lo hace.
2. Las leyes de correspondencia dinámica: el filtro para elegir ejercicios
Siff y Verkhoshansky dejaron un checklist que sigue vigente para decidir si un ejercicio realmente “conversa” con el gesto deportivo. Antes de incorporar un medio a tu programa, pasalo por estos cinco filtros:
- Amplitud y dirección del movimiento: ¿el recorrido articular y el vector de fuerza se parecen a los del gesto? En sprint, el vector dominante es horizontal, no vertical.
- Región acentuada de producción de fuerza: ¿en qué ángulo articular se produce el pico de fuerza, y coincide con el del gesto?
- Tipo y régimen de acción muscular: ¿hay contramovimiento, ciclo estiramiento-acortamiento, acción isométrica de sostén?
- Promedio y tiempo de producción de fuerza máxima: el sprint da milisegundos de contacto; una sentadilla pesada da segundos.
- Dinámica del esfuerzo: la magnitud y la velocidad con la que se aplica la fuerza a lo largo del movimiento.
Si un ejercicio falla en tres de los cinco puntos, no esperes gran transferencia al gesto: probablemente estés desarrollando una capacidad general que después vas a tener que “enseñar a usar”.
3. La especificidad va por dentro: coordinación e intención
Bosch agrega una capa que se pasa por alto seguido. Para que un ejercicio transfiera, no alcanza con el parecido exterior del movimiento: tienen que coincidir la coordinación intra e intermuscular, el input sensorial (propiocepción, información del ambiente y del propio cuerpo) y —el punto más provocador— la intención con la que se ejecuta.
Hay evidencia concreta que lo sostiene. Dalen y colaboradores (2013) compararon cinco semanas de entrenamiento en dos grupos: uno hizo sentadillas con salto incluyendo flexión plantar; el otro hizo sentadillas sin salto y trabajó la flexión plantar por separado. Ambos grupos mejoraron su 1RM de sentadilla. Solo el primero mejoró el salto vertical. Alterar la coordinación intermuscular de una tarea alcanza para reducir su efecto de transferencia, aunque las cargas y los músculos involucrados sean casi los mismos.
La conclusión práctica es incómoda pero útil: la fuerza no es una capacidad general que después se “reparte” sola. Necesita ser trabajada en condiciones que se parezcan a la tarea objetivo en organización motora, en información sensorial y en intención.
4. Fuerza horizontal: driles que sí construyen aceleración
Acá es donde el enfoque mixto gana. El trabajo tradicional de sobrecarga sigue teniendo lugar: Seitz y colaboradores (2014) reportaron mejoras promedio del 3,11% en rendimiento de sprint a partir de aumentos de fuerza en sentadilla, y Comfort (2012) mostró que en rugbiers profesionales la fuerza relativa pasó de 1,78 a 2,05 mientras los 20 metros bajaban de 3,03 a 2,85 segundos. Pero también mostraron algo clave: cuanto mayor el nivel del deportista, menor la correlación entre fuerza máxima y velocidad. En atletas entrenados, el trabajo general deja de alcanzar.
Ahí entran los driles con componente horizontal, que aplican la sobrecarga sin romper la organización del gesto:
- Sprints con trineo cargado: Morin y colaboradores (2016) encontraron que las cargas pesadas fueron más efectivas para mejorar el sprint corto que los trineos livianos o el sprint descargado, siempre respetando el perfil fuerza-velocidad-potencia de cada deportista.
- Arranques a una pierna hacia un step y subidas sucesivas al banco: replican las fases de despegue del pie en aceleración, con proyección hacia adelante y no hacia arriba.
- Empujes y tracciones con proyección horizontal del centro de masa, manteniendo la intención de máxima aceleración en cada repetición.
- Variaciones pequeñas del mismo patrón (lo que Bosch llama sobrecarga coordinativa): pequeños desvíos que amplían el repertorio motor sin desnaturalizar la tarea.
Una advertencia sobre las variaciones: deben ser pequeñas. Demasiada desviación en nombre de la “similitud” y terminás entrenando otra cosa. Como recordaba Newell, la técnica emerge de las restricciones que le imponés al sujeto; si cambiás demasiado las restricciones, emerge una técnica distinta a la que buscabas.
5. Cómo ordenar la sesión sin arruinar la transferencia
Con todo lo anterior, la programación se vuelve bastante concreta. Ubicá el trabajo de mayor exigencia neural y de velocidad al inicio de la sesión, con el sistema descansado. Evitá encadenar el gesto deportivo inmediatamente después de un bloque pesado, salvo que estés aplicando contrastes con control real de la fatiga y patrones semejantes. Nunca cierres una sesión de fuerza con un bloque largo de resistencia si esperabas transferencia: no solo no la vas a tener, sino que el efecto del trabajo de fuerza queda anulado y la resistencia también se resiente.
Y tené paciencia con los tiempos. La transferencia tiene una fase de formación y una de extinción; puede tardar horas, días, meses o años según el caso. Medí el efecto en el momento justo, ni prematuro ni tardío. Si evaluás demasiado pronto, vas a descartar como “inútil” un medio que todavía no terminó de expresarse.
Para cerrar
Transferencia no es apilar ejercicios. Es diseñar un programa donde cada medio tenga un porqué respecto del gesto que querés mejorar: vector de fuerza, tiempo de producción, coordinación y —sobre todo— intención. Cuando entendés eso, dejás de perseguir el ejercicio “mágico” y empezás a construir un sistema que sostiene el rendimiento.
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