
Pubalgia en el deporte: por qué el pubis no es el problema
Autor: Tecnofits | Basado en el contenido del Prof. Lic. Mario Di Santo
Curso relacionado: Pubalgia
Si trabajás con futbolistas, jugadores de rugby, tenistas o corredores, tarde o temprano te vas a cruzar
con una pubalgia. Es uno de los cuadros que más desconcierta a deportistas y profesionales: dolores que
cambian de lugar, tratamientos que no terminan de cerrar y recaídas en el momento menos esperado. Y
cada vez aparecen más casos, incluso en deportistas mujeres, donde antes era poco frecuente. La buena
noticia: entendida desde la lógica correcta, la pubalgia se puede prevenir y resolver desde el ejercicio.
Vamos al punto.
Qué es la pubalgia (y por qué conviene llamarla síndrome)
Busquet la definió como la expresión de síntomas localizados a nivel del pubis, con irradiaciones
dolorosas hacia los aductores, los abdominales y los arcos crurales. Pero muchos autores prefieren
hablar de síndrome, por la diversidad de causas posibles y las manifestaciones tan versátiles que
adquiere. De hecho, la vas a encontrar con otros nombres: síndrome doloroso ínguino-abdómino-crural,
osteítis del pubis, entesitis de los aductores, entre varios más.
Acá va la primera clave: el diagnóstico de pubalgia es apenas una constatación. Te dice que duele el
pubis, pero no te explica por qué. La causa hay que descubrirla con una evaluación profunda, y casi
nunca es única.
El pubis no es la causa: es el efecto
Este es el cambio de mirada más importante. La pubalgia es consecuencia de alteraciones en el control
motor y de esquemas disfuncionales que muchas veces están en otras regiones anatómicas. El pubis es
un área relativamente inestable que actúa como link entre estructuras que generan grandes fuerzas a
través de él: cuando el eje lumbo-pélvico funciona mal, la sobrecarga termina detonando justo ahí.
Busquet lo resumió en una trilogía clásica: abdominales disfuncionales que no cumplen su rol
estabilizador, hiperlordosis (con el efecto perjudicial de isquiotibiales acortados) y aductores demasiado
fuertes en relación con un glúteo mediano que no hace su trabajo. Detrás de casi todas las pubalgias
crónicas aparecen, además, secuelas de viejas lesiones mal curadas y patrones de movimiento nunca
recuperados del todo.
Factores intrínsecos y extrínsecos: qué mirar en tu evaluación
Para perfilar medidas preventivas, conviene ordenar los factores predisponentes en dos grupos:
■ Intrínsecos: anteversión pélvica exagerada con hiperlordosis, anomalías lumbosacras y sacroilíacas,
dismetrías de miembros inferiores, acortamiento e hipertrofia de aductores, deficiencia de
abdominales (sobre todo oblicuos), debilidad de isquiotibiales, déficit relativo de glúteos y
asimetrías de fuerza.
■ Extrínsecos: microtraumatismo repetido sobre la sínfisis, errores de periodización (exceso de cargas
y competencias, déficit de recuperación), superficies inadecuadas como barro o arena, y ausencia de
entrada en calor.
En la práctica, la evaluación funcional es tu primera herramienta: ADM, fuerza, estabilidad y torques
isométricos a longitudes funcionales. Muchas veces la detección manual de asimetrías vale tanto como
el test estandarizado. Y siempre en diálogo con médicos y fisioterapeutas, sin saltar a conclusiones de
causalidad apresuradas.
Las herramientas que funcionan: del isométrico al excéntrico
No existe el protocolo infalible ni el ejercicio mágico: cada caso es un universo aparte. Pero hay recursos
que demostraron su valor una y otra vez:
■ Entrenamiento isométrico: recupera la capacidad de activación de músculos inhibidos por el dolor,
resetea la propiocepción y tiene efecto hipoalgésico sin aumentar la inflamación.
■ Entrenamiento excéntrico: la herramienta por excelencia para remodelar el tejido conectivo
miofascial, miotendinoso y tendinoso.
■ Estabilidad lumbo-pélvica y coxo-femoral con criterio sinérgico: nada de crunches y sit-ups en
cantidades monumentales; sí reorganización del control sinérgico, activación glútea y trabajo de
pelvitrocantéreos profundos.
■ Cadenas cruzadas sinérgicas: reconectan aductores con oblicuos a través de la fascia tóracoabdominal, buscando sinergia específica antes que magnitud de fuerza.
El proceso suele ordenarse en etapas —del desbloqueo y la reactivación muscular hasta el control motor
específico y el retorno al juego— renovando estímulos cada 3 o 4 semanas. Hoy, con este enfoque, una
recuperación que antes llevaba de 4 a 6 meses puede resolverse en 1 a 3.
El entrenamiento protector y la carga emocional
Dos claves finales que hacen la diferencia. Primero: el entrenamiento protector, orientado a todos los
factores de riesgo intrínsecos, debe empezar en edades formativas y convertirse en hábito diario del
deportista. El ejercicio terapéutico de hoy es el protector de mañana: no son ejercicios distintos, hay que
seguir haciéndolos.
Segundo: la mayor carga que soporta el deportista con pubalgia es la emocional. Incertidumbre, miedo,
fastidio, ansiedad por volver. Ese círculo vicioso —dolor, angustia, mal empleo corporal, más dolor—
empeora el tratamiento. Tu rol también es acompañar: explicar, anticipar lo que suele suceder,
naturalizar las preocupaciones y no prometer fechas fijas de retorno.
Conclusión: evaluar, educar, prevenir
La pubalgia no se entiende desde una causa única ni se resuelve con recetas. Se aborda evaluando el eje
lumbo-pélvico completo, entrenando sinergias y sosteniendo el trabajo protector en el tiempo. Si querés
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