
Pubalgia en deportistas: por qué no es una lesión (y cómo se trata de verdad)
Autor: Tecnofits | Basado en el contenido del Prof. Lic. Mario Di Santo
Curso relacionado: Pubalgia
Si trabajás con futbolistas, rugbiers o corredores, en algún momento te vas a topar con un caso de pubalgia. Y probablemente el primer error que vas a cometer —como le pasó a toda una generación de profes— es tratarla como si fuera una lesión, con una causa y un protocolo. Spoiler: no lo es.
La pubalgia no existe como causa, existe como efecto
Arranquemos por lo más incómodo de aceptar: el pubis no es, en absoluto, causa de la pubalgia. Es la resultante final de un desorden biomecánico y neuromuscular que se gesta en otro lado —generalmente en el eje lumbo-pélvico— y que termina “estallando” en esa zona porque el pubis es un área relativamente inestable, un link entre estructuras que reciben fuerzas enormes.
Por eso tiene tantos nombres distintos: síndrome doloroso ínguino-abdómino-crural, osteítis del pubis, entesitis osteoperióstica de los aductores, perisinfisitis pubiana. La diversidad de etiquetas no es casualidad: refleja que estamos frente a un síndrome, no a una entidad única.
Un poco de historia (para entender por qué seguimos discutiendo esto)
La pubalgia se describe desde 1932, cuando Spinelli documentó sus síntomas en esgrimistas. En 1958, La Cava y Bankov definieron el complejo ARS (aductor–recto mayor–sínfisis pubiana). En 1981, Rochgar demostró la influencia de la anteversión pélvica en las tensiones sinfisarias. Y en 2006, Busquet —autor del tomo III de Las cadenas musculares, dedicado enteramente a este tema— propuso su trilogía: alteración funcional del eje lumbo-pélvico, hiperlordosis y aductores demasiado fuertes.
Brandshaw (2008) fue más honesto todavía: dijo que la discusión en torno a la pubalgia está llena de opiniones sin sustento científico sólido, y que puede tratarse de una patología única con múltiples caras, de varias entidades distintas, o de la fusión de patologías que coexisten. En criollo: nadie tiene la posta absoluta, y cualquiera que te venda un protocolo cerrado te está mintiendo.
Los factores no son uno solo, son un combo
Los factores intrínsecos (los que dependen del deportista) incluyen alteraciones posturales como anteversión pélvica exagerada, desigualdad de miembros inferiores o déficits de apoyo; alteraciones dinámicas musculares como aductores acortados, abdominales débiles —sobre todo oblicuos— o déficit de glúteos; déficits de aptitud física y de técnica; y factores neurogénicos como el cizallamiento sobre el nervio crural.
Los factores extrínsecos (los que no dependen del deportista) suman microtraumatismos repetidos en la sínfisis, errores de periodización —exceso de cargas, déficit de recuperación, exceso de competencias— y otras causas como superficies inadecuadas, ausencia de entrada en calor o uso de implementos incorrectos.
La lista de posibles orígenes del desequilibrio es larga: abdominales débiles o mal conectados, aductores demasiado potentes, retracciones posteriores, hiperlordosis, espondilólisis, protrusiones discales, coxopatías, discopatías lumbosacras, debilidad inguinal, incluso origen visceral. Y el denominador común en casi todos los casos: daño progresivo del tejido conectivo —fascias, aponeurosis, tendones, ligamentos— que termina generando el desarreglo funcional de la pelvis. El dolor en el pubis es el síntoma final de toda una cadena causal, no el origen.
Lo que 30+ años de trabajo de campo nos enseñaron
Nuestra experiencia con pubalgias arranca a fines de los 80, trabajando con fútbol y rugby. Y las constataciones cambiaron mucho con el tiempo:
- En los 80, sin estabilidad ni balance muscular, se entrenaba la fuerza abdominal casi exclusivamente con crunches y sit-ups en cantidades monumentales, con recorridos pronunciados.
- Desde 2000, la caída notable en los casos coincide con cinco cambios: evaluación funcional, entrenamiento protector, renovación del concepto de CORE, entrenamiento basado en control motor, y entrenamiento funcional.
Un dato que confirma la lógica de “efecto, no causa”: casi siempre, atrás de una pubalgia o crisis inguinopúbica, encontramos secuelas de viejas lesiones mal curadas —y no sólo en las piernas. De ahí que la readaptación funcional después de cualquier lesión de miembros inferiores (o superiores) sea clave: no solo por las asimetrías musculares que deja, sino por los patrones de movimiento que muchas veces no se recuperan del todo.
También aprendimos a mirar la asimetría lado a lado: del lado ipsilateral suele haber hipertono de psoas y aductor con inhibición de glúteo mediano y mayor; del lado contralateral, retracción e hipertono del piriforme y a veces inhibición del glúteo medio. Pero ojo: no hay denominadores comunes absolutos. Cada caso es un universo aparte, y atarse a un protocolo cerrado es el camino más corto al fracaso terapéutico.
Los tiempos de recuperación bajaron a la mitad
Entre las décadas del 90 y el 2010, resolver una pubalgia llevaba entre 4 y 6 meses. Desde 2010 a la fecha, entre 1 y 3 meses. La progresión típica en un caso bien llevado: al mes, el dolor deja de ser constante y pasa a episódico; al segundo mes, comportamiento discordante (el dolor “se mueve” de lugar); al tercer mes, dolor solo después del juego; y recién ahí, eliminación completa.
Ese “dolor discordante” —que cambia de lugar y de modalidad durante el tratamiento— confunde mucho al deportista, pero tiene una explicación: muchas veces vamos “destapando” dolores iniciales que se fueron compensando con el tiempo hasta hacer crisis en el pubis. Es como desenvolver el proceso al revés.
La carga que nadie nombra: la emocional
Esto casi no se dice en ningún protocolo, pero es central: la mayor carga que el deportista debe soportar con una pubalgia es la emocional. Incertidumbre, miedo a que no se solucione, ansiedad ante la reaparición del dolor. Y cuando la ansiedad gana, el tratamiento empeora, porque el deportista queda atrapado en un círculo vicioso: dolor → angustia → mal empleo corporal → alteración mecánica → alteración motriz → más dolor.
Por eso, tan importante como la técnica es: responder todas las inquietudes del deportista, naturalizar sus preocupaciones, acompañarlo de cerca, y nunca prometer fechas fijas para el retorno a entrenar o a jugar sin molestias. Esa promesa, cuando no se cumple, es gasolina para la ansiedad.
El entrenamiento protector no es un extra, es el tratamiento
Acá está el corazón del asunto: el ejercicio terapéutico, una vez resuelto el cuadro agudo, se transforma en entrenamiento protector permanente. No son “otros” ejercicios distintos —son los mismos, sostenidos como hábito diario, orientados a todos los factores de riesgo intrínsecos identificados en la evaluación.
Esto es especialmente crítico si el deportista ya tuvo una pubalgia crónica: abandonar el entrenamiento protector es la forma más segura de que “regrese” en el momento menos esperado, porque las pubalgias son traicioneras.
Lo que se puede hacer hoy
La clave siempre está en profundizar las medidas preventivas y protectoras, tutelando las capacidades motoras del deportista. El circuito que funciona es simple de enunciar (no tan simple de ejecutar): consultar, evaluar, educar, prevenir. Y repetir.
Si trabajás con deportistas de fútbol, rugby, tenis o pruebas combinadas —donde la pubalgia es particularmente prevalente, incluso creciendo en género femenino donde antes era rara— el mensaje central es este: no busques la causa única, no te ates a un protocolo cerrado, y no subestimes nunca la carga emocional del proceso.
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