
Evaluación Funcional en el Deporte: Los 6 Criterios que Definen si un Deportista Está en Riesgo de Lesión
Autor: Tecnofits | Basado en el contenido del Prof. Lic. Mario Di Santo
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Introducción: medir no es lo mismo que evaluar
Todos los equipos de trabajo en el deporte miden algo. Toman un goniómetro, cronometran un salto, calculan un 1RM. El problema no es la falta de datos: es la falta de criterio para interpretarlos. Como plantea el Prof. Lic. Mario Di Santo en su presentación “Evaluación Funcional – II”, la evaluación fisiológica del deportista tuvo matices muy distintos a lo largo de los años según el criterio dominante de cada profesional, y muchas veces esos matices dejaron afuera factores relevantes para preservar la salud del atleta durante toda la temporada.
Esta distinción — evaluar y no solo medir — es el eje de todo el trabajo. Juntar datos de flexibilidad, fuerza, estabilidad, propiocepción y equilibrio sin reflexión posterior no sirve de mucho. Lo que cambia el juego es el razonamiento inductivo que se construye a partir de esos números: una inferencia sobre la probabilidad de que el control motor de un deportista esté alterado, y desde ahí, la voluntad real de aplicar medidas preventivas.
Ese razonamiento inductivo tiene una ventaja y una limitación que hay que aceptar de entrada: nos mete en la lógica de la probabilidad. Nunca vamos a tener certezas absolutas, solo estimaciones. Pero esto, lejos de ser una debilidad, es “mucho más ventajoso”: obliga a re-evaluar, a estar alerta, a pensar siempre en lugar de asumir que un test dio bien una vez y ya está resuelto para toda la temporada.
Por qué la detección temprana es el verdadero objetivo
La evaluación fisiológica del deportista, plantea Di Santo, tiene sentido cuando permite la detección temprana de factores de disposición a lesión, y cuando esa evaluación se repite regularmente a lo largo de la temporada — no una sola vez en la pretemporada y listo. Un test aislado es una fotografía; lo que necesitamos es una película.
Dentro del universo de valoraciones que rodean a un deportista, hay dos grandes grupos. Están las que dependen de otros profesionales — médico, nutricionista, odontólogo, psicólogo deportivo, analistas técnicos — cada uno aportando su propia batería de estudios (laboratorio, composición corporal, hábitos, rendimiento en partidos, tests cognitivos, entre otros). Y están las que quedan a cargo del área de preparación física, que son las que Di Santo desarrolla en profundidad: las inherentes a las capacidades motoras.
Las 6 claves de la evaluación funcional
Todo el sistema se organiza alrededor de 6 factores, relacionados entre sí y divididos en dos grandes grupos:
Principales: ADM (amplitud de movimiento), fuerza y estabilidad.
Secundarias: propiocepción, equilibrio y lateralidad.
Esta clasificación no es antojadiza. Permite identificar con facilidad qué pruebas priorizar cuando el tiempo de evaluación es limitado, sin perder de vista que las seis capacidades están interrelacionadas y que, en definitiva, todas apuntan a lo mismo: entender la calidad del control motor de cada deportista.
Los criterios transversales: la matriz que atraviesa todas las pruebas
Antes de entrar en cada capacidad, Di Santo propone tres ejes de análisis que se repiten en todas las pruebas funcionales, sin importar cuál se esté evaluando:
- Contralateral (simetría bilateral): compara la misma capacidad entre los grupos musculares del hemicuerpo derecho y del izquierdo, tanto en agonistas como en antagonistas.
- Ipsilateral (agonista/antagonista): compara una capacidad con la de su grupo muscular opuesto dentro del mismo hemicuerpo, algo particularmente difícil de establecer en movimientos poliarticulares.
- Inter-tren: estudia vínculos no locales entre capacidades de trenes distintos (superior e inferior), especialmente interesantes en las expresiones de flexibilidad.
Este esquema se puede desglosar en un árbol práctico mucho más detallado — hemicuerpo, tren, inter-hemicuerpo, intra-hemicuerpo, intra-segmento, inter-segmento — que permite, por ejemplo, comparar flexores de cadera con extensores de hombro del mismo lado, o extensores de cadera con extensores de hombro del lado contrario. La idea de fondo es siempre la misma: ningún dato vale por sí solo, vale en relación con otro.
Un punto que Di Santo subraya con honestidad profesional: buena parte de estos valores de referencia no provienen de la bibliografía académica, sino de la práctica cotidiana en el tratamiento de lesiones. Son guías, no leyes.
1. Amplitud de Movimiento (ADM): la materia prima del control motor
Di Santo propone una mirada alternativa sobre la ADM que va más allá de la elongación muscular: las fascias son a la propiocepción lo que la retina es a la visión. Su adecuada estructura y deformabilidad es crucial para la calidad de los datos que emiten al sistema nervioso central, y esas señales son literalmente la materia prima del control motor. Por eso considera a la ADM como una de las capacidades más importantes en su valor predictivo de lesiones.
Simetría o relación contra-lateral. Es uno de los criterios más significativos: comparar los niveles de flexibilidad entre los mismos grupos musculares del lado derecho e izquierdo. La valoración visual ya permite detectar diferencias, pero la goniometría objetiva la magnitud real. Como condición metodológica clave, siempre debe medirse sin asistencia exógena, sin activación del antagonista y solo por acción de la gravedad — de lo contrario, lo que se está midiendo es la fuerza del asistente o del antagonista, no la retracción real.
La propuesta de aceptabilidad: diferencias de hasta 10% son aceptables, entre 10% y 20% constituyen una advertencia, y más de 20% se considera no aceptable y amerita intervención específica.
Relación ipsilateral o agonista/antagonista. Se trata de uno de los aspectos menos estudiados y, según Di Santo, casi siempre pasado por alto en la consideración general de posibles causas de lesión. Compara la amplitud de dos movimientos opuestos de la misma articulación en el mismo plano. Como referencia orientativa (sin sustento bibliográfico, aclarado explícitamente): del 30% al 40% en la extensión de cadera respecto a su flexión, del 40% al 50% en la extensión de hombro, y hasta un 80% en muchos otros movimientos.
Niveles mínimos de flexibilidad. Basados en el trabajo de Estélio Enrique Martín Dantas, estos valores no solo aplican al deporte de rendimiento sino también a las actividades de la vida diaria, y deberían trabajarse desde edades tempranas a través de la educación física escolar. La tabla goniométrica diferencia tres poblaciones — deportes gimnásticos, deportes colectivos y recreacionales — con exigencias decrecientes en cada movimiento (por ejemplo, extensión de cadera: 60°, 50° y 40° respectivamente).
Proporcionalidad asistido/no asistido (reserva motriz). Fundamental en deportes gimnásticos: la diferencia entre lo que el deportista puede alcanzar con asistencia externa y lo que logra por sus propios medios. No existen tablas de referencia todavía; los valores disponibles surgen de la experiencia de entrenamiento.
Relación entre núcleos proximales y distales. Un deportista puede tener correcta ADM en una zona (por ejemplo, hombros-cadera) y ser rígido en otra (tobillo-cadera, o en la columna respecto al resto del cuerpo). Esta desconexión puede ser un factor poco favorable para el control motor, aunque tampoco existen valores objetivos consolidados al respecto.
2. Fuerza: no es solo cuánto, sino cómo, cuándo y en qué relación
Di Santo invita a considerar la fuerza desde una óptica funcional y no absoluta, atravesada por relaciones, regímenes de contracción (concéntrico, excéntrico, isométrico) y los ángulos y transiciones entre ellos.
Relación contra-lateral o simetría bilateral. Fácil de medir, incluso con manual muscle testing (MMF), y aplicable a los tres regímenes de activación. La propuesta: las asimetrías no deberían superar el 10%, con el objetivo de trabajar siempre hacia el 100% de simetría bilateral, algo importante también para la estabilidad articular. Un matiz relevante: no alcanza con igualar la fuerza máxima entre hemicuerpos, también hay que comparar el tiempo que le lleva a cada lado producirla (RFD, rate of force development) en todos los regímenes.
Sobre cómo restaurar una asimetría detectada, Di Santo sugiere optar en primer lugar por trabajos unilaterales del hemicuerpo más débil (aceptando el efecto potenciador inevitable sobre el lado ya más fuerte), reservando la unilateralidad del hemicuerpo más fuerte para contextos de patología. En ningún caso recomienda la simetría simultánea como estrategia de restauración.
Relación ipsilateral (agonista/antagonista). Se calcula como (fuerza del antagonista × 100) / fuerza del agonista, y las proporciones varían según la acción: oscilan entre el 40%, 60%, 80% y 100% según el par muscular. Por ejemplo, extensores y flexores de los dedos rondan el 40%; flexores de rodilla respecto a extensores, el 80%; inversores-eversores de tobillo, el 100%. Esta proporcionalidad es clave para la estabilidad articular y la inhibición recíproca, y ha sido, según el autor, uno de los aspectos más estudiados y consensuados en la prevención de lesiones. Las desproporciones más frecuentes se dan justamente en extensores/flexores de rodilla y cadera, aductores/abductores de cadera, y rotadores del hombro.
Niveles mínimos y relatividad. Es la relación entre el peso corporal total y la fuerza expresada en ciertos movimientos, medida en su momento con máquinas multifuerza Cybex sobre aproximadamente 30 deportistas: extensión de rodilla 50% de 1RM monopodal, flexión de rodilla 40%, flexión plantar 30%.
Excedente excéntrico. Surge de evaluar el mismo movimiento medido antes en concéntrico, pero ahora en excéntrico controlado, sin “pasar de largo”. Se sugiere un excedente básico del 10-20% para sujetos recreacionales, del 20-30% para deportistas de mediano rendimiento, y del 30-40% para profesionales de alto rendimiento.
Ratio funcional. La relación entre el excéntrico del antagonista y el concéntrico del agonista, clave en el control motor porque representa el frenado preciso de la articulación. Como mínimo, ese valor excéntrico debería equiparar al concéntrico del agonista, y en deporte de alta competencia, superarlo en al menos un 10%. El momento a observar con atención es la transición de excéntrica a concéntrica del antagonista — un instante clave para entrenar y para diseñar ejercicios preventivos específicos, especialmente en lanzamientos y patadas.
Orden de activación. Uno de los valores más relevantes en la predicción de lesiones y, paradójicamente, uno de los menos evaluados en la práctica habitual, en parte porque su testeo es estrictamente nominal (difícil de transformar en escalas ordinales). El orden correcto sigue una lógica próximo-distal: primero las estrategias estabilizadoras centrales (no solo el CORE, también las cinturas), luego la musculatura superficial del mismo propulsor, y finalmente la propulsión periférica. Estos patrones son educables, y su entrenamiento no solo previene lesiones agudas sino, sobre todo, síndromes y dolencias crónicas.
3. Estabilidad: control de ejes articulares en cada hemicuerpo
La capacidad de mantener los ejes articulares en perfecto estado de coaptación es crucial para evitar lesiones de todo tipo, no solo cápsulo-ligamentarias, también miotendinosas. Di Santo propone observar especialmente CORE, cadera, rodilla, tobillos y hombros.
Los criterios de análisis incluyen la relación contralateral (la valoración es a simple vista y nominal, aunque existen propuestas metodológicas como “Check Your Motion” para objetivarla, con la meta de trabajar hacia una simetría absoluta y cierta obsesión por la corrección), el déficit bilateral (comparando la suma de fuerza o salto unilateral con la bilateral simultánea — la adición total debería dar un 20% más; por debajo de ese valor hay inestabilidad, aunque los estudios disponibles son solo para piernas), el control estático (observando coaptación articular y gestos compensatorios al mantener una posición), el control dinámico (durante carreras, saltos, cambios de dirección y combinaciones) y el control mixto (la transición de tareas dinámicas a estáticas, conservando el equilibrio un mínimo ideal de 2 segundos, con atención especial a los ejes articulares en el momento de las caídas).
4 y 5. Propiocepción y equilibrio: capacidades secundarias con valor predictivo
Los criterios para evaluar propiocepción son similares a los de estabilidad — contralateral, ipsilateral, estático, dinámico —, aunque las pruebas específicas difieren. Di Santo destaca que sus aportes a la predicción de alteraciones del control motor son valiosos.
El equilibrio, por su parte, es una capacidad poco estudiada en profundidad, pero aun así se la vincula con las lesiones por su valor predictivo. Los criterios de evaluación abarcan la capacidad de controlar destrezas con igual duración y calidad en ambos hemicuerpos, mantener posiciones durante un lapso mínimo de tiempo, mantener objetos sobre el cuerpo en perfecto control, conservar el control motor durante desplazamientos, y controlar posiciones estáticas luego de frenados o caídas.
6. Lateralidad: la pieza menos resuelta del rompecabezas
Di Santo es transparente sobre el estado del conocimiento en este punto: todavía no se sabe con certeza si los aspectos determinantes de la lateralidad dominante de un sujeto tienen relación directa con las lesiones. Se sospecha que sí, porque resulta obvio que tienen relación con el control motor, y desde ahí se justifica evaluarla y considerarla críticamente. La propuesta práctica es una planilla de dominancia específica por prueba (ojo, oído, hombro, mano, cintura, pierna, pie), que permite clasificar al deportista como homogéneo total, homogéneo parcial o heterogéneo/cruzado, información que después se puede usar para diseñar trabajos específicos de entrenamiento.
Una advertencia necesaria: no toda desviación es disfunción
Un punto que enriquece todo el marco: las desviaciones a la norma y sus consecuentes compensaciones no siempre son signos de disfunción. En ciertas circunstancias, la compensación puede representar una ventaja competitiva y tener beneficios reales para el rendimiento. Esta mirada alternativa es clave para no caer en la “cacería de asimetrías” sin contexto: el objetivo final no es que todos los deportistas midan exactamente lo mismo, sino entender cuándo una diferencia es funcional y cuándo es un factor de riesgo real.
Reflexionar es más importante que medir
La conclusión que atraviesa toda la presentación de Di Santo es clara: reflexionar sobre los resultados es más importante que la simple ejecución de las pruebas. Cada movimiento evaluado es, en el fondo, un test. La secuencia lógica es aprender a observar, aprender a registrar detalles, relacionarlos con otros datos, razonar con esos registros, y solo entonces proponer soluciones y crear ejercicios preventivos.
Esto exige considerar cada capacidad con criterio propio, interpretar el movimiento diferente desde el pensamiento complejo, y llegar finalmente a soluciones simples y aplicables en el día a día del entrenamiento.
Conclusión: de la medición aislada a la prevención sistemática
La evaluación funcional, tal como la plantea Mario Di Santo, no es una checklist de tests que se completa una vez por temporada. Es una forma de pensar la salud del deportista basada en relaciones, proporciones y razonamiento probabilístico, sostenida en el tiempo. ADM, fuerza y estabilidad como pilares principales; propiocepción, equilibrio y lateralidad como capacidades secundarias pero con valor predictivo real. Ningún dato aislado alcanza: lo que previene lesiones es la interpretación crítica y sistemática de todos ellos en conjunto.
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