
Isquiotibiales: por qué se siguen lesionando
Autor: Tecnofits | Basado en el contenido del Prof. Lic. Mario Di Santo
Curso relacionado: Isquiotibioperoneos
Treinta años de investigación, millones de euros invertidos y la tasa de lesiones sigue igual. Si entrenás deportistas, este es uno de esos temas donde saber más sí cambia lo que hacés el lunes a la mañana.
Arranquemos por el nombre, porque no es un detalle menor. Los llamamos isquiotibiales por costumbre, pero la porción larga del bíceps femoral no inserta en la tibia: inserta en el peroné. Por eso Mario Di Santo propone la denominación isquio-tibio-peroneos (ITP), mucho más precisa. Y esto no es purismo académico: los nombres describen y descubren. Si vos pensás que todo el grupo termina en la tibia, te perdés que el peroné —un hueso con movilidad propia, más maleable en deportistas que hacen cambios de dirección— le agrega estrés mecánico extra justo al músculo que más se lesiona. La palabra que usás condiciona el ejercicio que diseñás.
No todas las lesiones de isquiotibiales son la misma lesión
Hay dos mecanismos bien diferenciados y confundirlos es el primer error de programación. El sprint type ocurre en aceleraciones y carreras explosivas, afecta la unión miotendinosa distal del bíceps femoral y representa más del 80% de los casos: fútbol, atletismo, deportes de conjunto. El stretch type se produce por un estiramiento lento o descontrolado, toma la porción proximal del semimembranoso y semitendinoso, y es típico de gimnasia y danza. Este segundo tarda más en rehabilitar.
Un dato de arquitectura que vale oro: Rehorn demostró que los músculos con aponeurosis más delgadas y pequeñas son más susceptibles. Y la aponeurosis distal del bíceps femoral es justamente la más fina. Sumale que esa porción tiene inervación dual —dos cabezas inervadas por nervios distintos—, lo que genera contracciones temporalmente ineficientes, sobre todo cuando la fase excéntrica es rápida. Es el músculo con la peor combinación de factores estructurales, y por eso concentra el 53% de las lesiones del grupo.
El factor de riesgo número uno no es el que estás midiendo
Todos los autores coinciden: la lesión previa multiplica el riesgo entre 2 y 6 veces. Y acá viene la paradoja que conviene tener presente en la sala: las lesiones previas suelen aumentar la flexibilidad, no reducirla. El tejido cicatricial que reemplaza al contráctil le da a la unidad miotendinosa más deformabilidad, pero esa deformabilidad no se traduce en eficiencia motora. Un deportista que llega al piso con las palmas puede estar más expuesto que uno que no llega.
Esto pone en su lugar al viejo dogma de la flexibilidad. La evidencia sobre el vínculo entre un mal sit and reach y las lesiones de ITP es contradictoria. Lo que sí muestran los estudios es que la flexibilidad deficitaria se vuelve un factor de riesgo real cuando se combina con otros déficits, especialmente de fuerza. Aislada, no predice nada. Clark fue directo: el factor de riesgo principal no es la falta de flexibilidad, es la baja fuerza excéntrica.
Y después está el factor que casi nadie mide. Ekstrand, en su revisión de 2023 sobre fútbol de élite, encontró que el mayor factor de riesgo era la calidad de la comunicación entre el cuerpo técnico y el cuerpo médico. Los equipos con entrenadores de estilo de liderazgo más democrático —los que integran más información para decidir— tienen menos lesionados. Podés tener el mejor protocolo del mundo, pero si el entrenador no sabe cómo llegó el jugador al martes, no sirve de nada.
La fatiga: el denominador común
El mayor porcentaje de lesiones de ITP se da en los segundos tiempos. No es casualidad. La fuerza excéntrica disminuye con el tiempo de juego, la fatiga entorpece la coordinación y deteriora específicamente la capacidad de desaceleración activa —que es exactamente lo que los isquiotibiales tienen que hacer en la fase tardía del swing.
Aplicación práctica directa: Wollin propone evaluar la fuerza isométrica de flexores de rodilla de forma regular —antes de los partidos, después de los partidos y el primer día de la semana— porque suele caer antes de que aparezca la lesión. Evaluar una sola vez en pretemporada no tiene valor predictivo. El screening útil es el que se repite.
Prevención: qué sostiene la evidencia y qué no
Van der Horst revisó seis programas preventivos: solo dos reportaron reducción de lesiones, con una merma promedio del 19%. Los programas diferían en frecuencia (de una a cinco sesiones semanales), en duración (de siete semanas a ocho meses) y en composición. La conclusión honesta es que no existe el programa genérico infalible. Lo que sí funciona son las intervenciones específicas construidas sobre los factores intrínsecos de cada deportista.
Buckthorpe propone cinco ejes que sí tienen respaldo: fortalecer los ITP, gestionar el balance de cargas, implementar un programa de core, desarrollar la condición física integral y hacer foco en la calidad de movimiento. Sobre el primero, el dato más contundente es de Timmins: por cada 0,5 cm de aumento en la longitud fascicular, el riesgo cae un 75%. Los fascículos cortos, con pocos sarcómeros, se rompen más fácil. El entrenamiento excéntrico incrementa la longitud fascicular entre un 16% y un 34%.
El sprint como medida protectora
Acá está el giro más interesante de la última década. Morin y Mendiguchia lo plantean con una ironía filosa: los buenos atletas corren rápido, correr rápido aumenta el riesgo de lesión de isquiotibiales, por lo tanto los buenos atletas deberían evitar correr rápido. El silogismo es obviamente incorrecto, y sin embargo describe cómo programamos muchas veces.
La evidencia va en el sentido contrario. Malone encontró que los jugadores que alcanzan al menos una vez por semana el 95% de su velocidad máxima tienen menos riesgo que los que solo llegan al 85%. Las cargas crónicas de velocidad ofrecen un estímulo protector. Y hay una razón mecánica: el sprint es el único ejercicio que induce una activación específica de los ITP. Los ejercicios de gimnasio, incluido el curl nórdico, alcanzan entre el 18% y el 75% de la actividad electromiográfica del sprint. No lo reemplazan.
Qué te llevás a la práctica
Primero, preguntá siempre por la lesión previa y no te dejes tranquilizar por una buena flexibilidad: puede ser tejido cicatricial disfrazado de progreso. Segundo, evaluá fuerza isométrica de flexores de rodilla de forma repetida, no una vez al año. Tercero, no construyas la prevención sobre un solo ejercicio: combiná excéntrico, isométrico y concéntrico, sumá cadera junto con rodilla y controlá que la asimetría entre lados no supere el 10%. Cuarto, revisá glúteo mayor y control lumbo-pélvico antes de culpar al isquiotibial. Y quinto, exponé al deportista a velocidades reales de forma planificada.
Y algo que no está en ningún protocolo pero decide resultados: hablá con el resto del equipo de trabajo. La información que tenés sobre cómo llegó esa persona hoy vale tanto como el ejercicio que elegiste.
Conocé el curso completo en Tecnofits, o sumate a la Membresía PRO y accedé a este y a todos los cursos de la plataforma con actualización constante para profesionales de la educación física y el deporte.


