
Por qué el FMS no alcanza
Autor: Tecnofits | Basado en el contenido del Prof. Lic. Mario Di Santo
Curso relacionado: Evaluación Funcional
Si trabajás con deportistas o alumnos en el estudio, seguro escuchaste hablar del Functional
Movement Screen. Siete pruebas, veintiún puntos, un número que supuestamente te dice quién se
va a lesionar. Suena tentador: por fin una herramienta simple para un problema complejo. El
problema es que el movimiento humano no se deja resumir en un puntaje, y la evidencia acumulada
en los últimos quince años lo viene mostrando con bastante claridad. Vamos a revisar qué dice la
investigación, qué rescatamos del FMS y, sobre todo, cómo construir una evaluación propia que sí te
sirva.
Qué promete el FMS y qué dice la evidencia
El FMS se compone de siete movimientos que se puntúan de 0 a 3: 0 si hay dolor, 1 si no se puede
realizar la tarea, 2 si se realiza con compensaciones y 3 si sale limpia. El total máximo es 21 y, según
la propuesta original, puntuar por debajo de 14 indica alto riesgo de lesión.
La literatura no acompaña esa promesa. Dossa (2014) siguió a jugadores de hockey junior durante
una temporada y concluyó que el FMS no puede recomendarse como herramienta de detección para
prevenir lesiones. McCall (2015), revisando 44 equipos de fútbol de primera división, le asignó un
grado D: evidencia insuficiente para emitir una recomendación. Parchmann (2011), Lockie (2015) y
Okada (2011) no encontraron correlaciones significativas entre el puntaje y el rendimiento deportivo
real. Y O’Connor (2011), sobre 874 oficiales de la marina, encontró algo incómodo: quienes
puntuaban 18 o más se lesionaban más que quienes puntuaban menos.
El dato más contundente lo aporta Frost (2013). Evaluó a 21 bomberos, les explicó verbalmente los
criterios de puntuación y los volvió a evaluar cinco minutos después. El promedio pasó de 14,1 a
16,7. En cinco minutos nadie mejora su movilidad, su estabilidad ni su coordinación: lo único que
cambió fue que ahora sabían qué se esperaba de ellos. Hasta los propios fundadores del sistema
(Cook, 2014) reconocieron que el puntaje total no debería usarse para predecir riesgo lesional,
porque sus componentes no correlacionan entre sí.
El costo oculto de etiquetar a tu alumno
Hay un problema que va más allá de la validez estadística. Cuando le decís a alguien que puntuó bajo
y que por eso está “roto” o “en camino a lesionarse”, estás instalando miedo al movimiento. Eso
tiene nombre: kinesiofobia. Y es, en sí misma, un factor de riesgo.
El FMS se diseñó como una herramienta de evaluación de base, no de diagnóstico. Sin embargo, en
la práctica cotidiana casi todo el mundo lo usa para diagnosticar. Un puntaje bajo no es una
sentencia: es, en el mejor de los casos, un índice de probabilidad. Tu rol como profesional incluye
objetivar, educar y tranquilizar, no generar temor. La forma en que comunicás un resultado puede
ser tan determinante como el resultado mismo.
Sumale otro matiz: los patrones que llamamos “defectuosos” no siempre conducen a dolor. Los
tejidos se adaptan al estrés que reciben. El hombro de un lanzador es distinto del de un corredor de
fondo, y eso no es una patología, es una adaptación. Obligar a todos a sentadilla profunda con pies
al ancho de hombros y punta al frente ignora que la anatomía de cadera de cada persona es
diferente.
El punto ciego: las asimetrías
Mientras discutimos puntajes, hay un fenómeno que sí altera el control motor de forma
demostrable y que el FMS apenas roza: la asimetría funcional. Hablamos de una diferencia marcada
en la expresión de una capacidad motora entre grupos musculares homólogos contralaterales.
Ojo con confundirla con la dominancia. La dominancia es normal, surge de hábitos y no genera
alteraciones. La asimetría a-funcional, en cambio, implica aferencias propioceptivas distintas entre
un lado y el otro. La corteza somestésica recibe información desigual, y esa desigualdad se traduce
en eferencias todavía más asimétricas. El resultado es una espiral: patrones compensatorios,
sobrecargas articulares, mayor gasto energético y, con el tiempo, engramas aberrantes muy difíciles
de erradicar.
Dos consecuencias prácticas. Primero: conviene detectarlas temprano, incluso desde los 8 a 10 años.
Segundo: el trabajo bilateral simultáneo (sentadillas, lagartijas, fondos, curls con ambos brazos) no
resuelve la asimetría, tiende a consolidarla. Farthing (2015) propone, en sujetos sin patología
neurológica, trabajar directamente el lado más débil, porque ahí podés dosificar y exigir con
precisión.
Cómo armar tu propia batería de tests
Ningún paquete enlatado va a servirte para todos tus alumnos ni para todos los deportes. Los
mecanismos lesionales del vóley no son los del fútbol, y los de un lateral no son los de un arquero. La
propuesta es construir tu evaluación en cinco pasos:
● Estudiá los mecanismos biomecánicos específicos de tu deporte o población, y sus lesiones
recurrentes.
● Conocé el stock completo de evaluaciones funcionales disponibles: no solo el FMS, sino
también Star Excursion Balance, relación de fuerza isquiotibiales-cuádriceps, amplitud de
movimiento de abducción de cadera, laxitud articular, valoraciones de asimetría.
● Seleccioná las pruebas realmente adaptables a los requisitos de tu contexto, incluidas
algunas del propio FMS cuando corresponda.
● Evaluá también en dinámica, no solo en condiciones lentas, seguras y previamente
planificadas: el deporte ocurre en entornos reactivos y caóticos.
● Tratá tu batería como algo vivo: revisala, corregila y actualizala con cada temporada.
Y una vez restablecida una simetría, no te quedes tranquilo. Como el alineado y balanceado de un
auto, el control periódico es lo que evita que el problema se reinstale.
Para cerrar
El FMS no es inútil. Su intención es valiosa, varias de sus pruebas son aplicables y su propuesta de
ejercicios correctivos es transferible a muchos deportes. Lo que no resiste el análisis es usarlo como
oráculo: un número que predice lesiones y rendimiento, y que además habilita a etiquetar personas.
Lo que te vuelve mejor profesional no es certificarte en un sistema cerrado, sino entender control
motor lo suficiente como para elegir, combinar y justificar tus propias herramientas. Pensar con
autonomía, en definitiva.
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