
Cómo la Nocicepción Altera el Control Motor
Autor: Tecnofits | Basado en el contenido del Prof. Lic. Mario Di Santo
Curso relacionado: Nocicepción, Dolor y Movimiento
Trabajás con cuerpos, y donde hay cuerpos hay dolor. Está en la persona que llega con una espalda que no
le responde, en el deportista que compensa sin darse cuenta, en el alumno que evita un movimiento
porque alguna vez le dolió. Y sin embargo, casi nadie nos formó para entender qué le hace el dolor al
movimiento. Spoiler: le hace muchísimo, y buena parte ocurre lejos de la consciencia, allá arriba, en el
cerebro.
En esta nota te llevamos por la relación recíproca entre dolor y control motor: por qué el dolor no es solo
una molestia periférica sino un reorganizador silencioso de tu manera de moverte, y cómo usar ese
conocimiento para intervenir mejor con tus alumnos y pacientes.
El dolor no está solo en el músculo: está en el cerebro
Definámoslo bien: el dolor es una experiencia sensorial y emocional desagradable asociada a un daño real
o potencial de un tejido. La palabra clave es experiencia. Como decía Woodruff, el dolor es lo que el sujeto
dice que le duele, no lo que los demás creen que debería sentir. Es subjetivo, histórico y aprendido:
influyen las experiencias previas, la personalidad, la atención, el estado emocional y hasta la cultura de
cada persona.
Acá aparece un concepto que te conviene tener siempre a mano: nocicepción. Es la señal de dolor
corporal propiamente dicha, la que viaja por receptores específicos —los nociceptores— y sus fibras. Las
fibras A-delta (mielínicas, rápidas) generan ese primer dolor punzante y bien localizado que dispara el
reflejo de retirada. Las fibras C (amielínicas, lentas) transmiten el segundo dolor, difuso y persistente, que
tiende a frenar el movimiento para proteger de un daño mayor. Entender esta doble vía ya cambia cómo
leés lo que le pasa a tu alumno.
Nocicepción y control motor: un circuito que trabaja sin tu permiso
Cuando hay nocicepción, el sistema nervioso reorganiza el movimiento por tres frentes al mismo tiempo,
y casi todo se procesa al margen de la consciencia:
● La eferencia motora central: el estímulo nociceptivo produce un retraso cortical y reduce la
actividad del área motora del músculo dolorido. Ojo con esto: el problema no es de membrana
ni de transmisión neuromuscular periférica; es que la corteza motora se inhibe.
● La aferencia sensorial: la propiocepción y la sensibilidad somestésica se degradan, sobre todo el
sentido de la posición. Es decir, tu alumno siente peor dónde está su cuerpo justo cuando más
necesitaría sentirlo.
● La actividad simpática: la nocicepción es un estresor que sube el tono simpático, genera
vasoconstricción, hipoxia y más estrés oxidativo en el músculo… que alimenta más dolor. El
círculo se retroalimenta.
Un dato de oro para el entrenamiento adaptado: recuperar la excitabilidad de la corteza motora lleva
mucho más tiempo que la desaparición del dolor. Que el alumno diga “ya no me duele” no significa que
su control motor volvió a la normalidad. Por eso las intervenciones tienen que sostenerse más allá del
síntoma.
Compensaciones: cuando el dolor aparece en otra zona
Acá está una de las claves más aplicables a tu práctica. Frente a la nocicepción, el sistema nervioso
necesita mantener la fuerza y la función, así que cambia su estrategia de reclutamiento: inhibe las
unidades motoras de bajo umbral del músculo dolorido y recluta otras nuevas. Los sinergistas intentan
ayudar, se sobrecargan y terminan alterando su propia función.
¿El resultado? El músculo protagonista queda inhibido, los ayudantes se saturan y, con el tiempo, la lesión
crónica aparece en otro sector. El clásico ejemplo: un dolor lumbar que inhibe los multífidos y retrasa la
acción del transverso, deteriorando el control y la estabilidad del eje lumbo-pélvico. La persona consulta
por la rodilla, el hombro o el otro lado del cuerpo, sin sospechar que el origen está escondido detrás de
años de estrategias compensatorias.
El sistema nervioso, al programar, elige músculos y fibras que no aumenten el dolor —algo así como un
principio de optimización o de confort—. Lo peligroso es que el resto del sistema no lee eso como un fallo,
sino como una ventaja, y va consolidando patrones motores alterados que se transforman en nuevas
memorias motrices. Malos aprendizajes que perduran incluso después de que el tejido sanó.
Dolor crónico, imagen corporal y kinesiofobia
En el dolor agudo hay alta variabilidad motora y adaptaciones protectoras. Pero cuando el cuadro se
cronifica (más de tres meses), aparece la sensibilización central: las neuronas centrales aumentan su
respuesta a los nociceptores polimodales, se sobre-activa la matriz neuro-dolorosa y el dolor puede
mantenerse incluso sin estímulo periférico. El dolor deja de ser una alerta útil y se vuelve, él mismo, el
problema.
Esto distorsiona el esquema y la imagen corporal: dificultad para reconocer la lateralidad, sensación de
menor movilidad, problemas para sentir el cuerpo sin mirarlo. Y a nivel emocional, se instala un ciclo que
conocés bien: dolor → angustia → hipocinesia → aislamiento. Muchas personas desarrollan kinesiofobia,
el miedo al movimiento, porque el dolor y el miedo comparten redes neurales (amígdala, corteza
cingulada, hipocampo) y forman memorias difíciles de desarticular.
La buena noticia, comprobada en la práctica del ejercicio físico adaptado: el movimiento modifica la
arquitectura subjetiva del dolor. A medida que la persona recupera confianza —en el equipo y en sí
misma—, el círculo vicioso se rompe y se mueve más, aun antes de que el tejido dañado muestre cambios.
El movimiento no busca un efecto analgésico inmediato; apunta a cambios a largo plazo.
Qué hacer: del síntoma a la reeducación del movimiento
Pensá el dolor como el emergente de una cadena cinemática alterada, no como un punto aislado.
Reeducar implica desarticular gradualmente las estrategias aberrantes y reemplazarlas por patrones
adecuados, sabiendo que muchas veces lo último en resolverse es aquello que originalmente disparó
todo. Algunos ejes concretos para tu trabajo:
● Empezá por la consciencia corporal. Antes que la fuerza o la flexibilidad, trabajá la
representación somestésica: que la persona vuelva a sentir y ubicar su cuerpo.
● No exijas respuestas inmediatas. Recuperar el control motor lleva más tiempo que apagar el
dolor; planificá con paciencia y evaluación continua.
● Prepará el terreno para sensaciones nuevas. Al reorganizar el movimiento pueden aparecer
dolores viejos “escondidos” o formas nuevas de fatiga: avisale al alumno para que no lo lea
como un retroceso.
● Trabajá interdisciplinariamente. El dolor crónico complejo es multicausal; el diálogo entre
disciplinas potencia los resultados.
En síntesis
El dolor no es un ruido periférico: es un reorganizador central del movimiento que inhibe la corteza
motora, degrada la propiocepción, dispara el simpático y siembra compensaciones que terminan
lesionando otras zonas. Entenderlo te convierte en un profesional que no solo persigue el síntoma, sino
que lee y reeduca el movimiento completo.
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