
Entrenamiento Basado en Control Motor: del reflejo a la abundancia motora
Autor: Tecnofits | Basado en el contenido del Prof. Lic. Mario Di Santo
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Seguro te pasó: dos alumnos hacen la misma sentadilla, con el mismo peso, y uno se mueve como si el ejercicio le perteneciera y el otro parece pelear contra su propio cuerpo. La diferencia no está en el músculo. Está en cómo el sistema nervioso organiza, coordina y estabiliza ese movimiento. De eso trata el control motor, y entrenarlo con intención es una de las decisiones más rentables que podés tomar como instructor.
En esta nota recorremos las ideas centrales del control motor —de Sherrington a Bernstein, Feldman y Latash— pero traducidas a la cancha: qué hacés distinto en tu clase de Pilates o de entrenamiento funcional cuando entendés que no entrenás músculos aislados, sino movimiento inteligente.
Qué es (y qué no es) el control motor
El control motor es un campo relativamente joven de las ciencias naturales que indaga las leyes que gobiernan la interacción entre el sistema nervioso central, el cuerpo y el entorno durante el movimiento biológico. Dicho simple: estudia cómo el cerebro logra que te muevas con sentido en un mundo lleno de fuerzas impredecibles.
Latash insiste en algo que ordena la práctica: durante décadas se usaron términos como “programa motor” o “tono” sin definiciones precisas. Para vos, como profesional, la lección es la misma: cuando corregís, describí lo que observás en el movimiento —la trayectoria, el ritmo, la estabilidad— y no una etiqueta vaga. El feedback preciso es feedback que enseña.
El giro de Bernstein: redundancia y grados de libertad
Bernstein, considerado por muchos el fundador del campo, describió el cuerpo como un sistema con enorme cantidad de grados de libertad: muchísimas articulaciones y músculos disponibles para resolver una sola tarea. Eso genera el “problema de la redundancia”: hay infinitas maneras de llevar la mano a un punto en el espacio.
Su respuesta fueron las sinergias: el sistema nervioso agrupa músculos y articulaciones en unidades funcionales con dos roles clave. Primero, alivian la redundancia uniendo elementos en grupos. Segundo, aseguran estabilidad frente a fuerzas externas impredecibles. Cuando pedís “raíz del pie activa, pelvis neutra, y desde ahí empujá”, no das tres órdenes sueltas: ayudás a construir una sinergia.
De la redundancia al principio de abundancia
Acá viene el cambio de mirada más potente para un instructor. Latash reinterpretó el exceso de grados de libertad no como un problema a resolver, sino como una ventaja: el principio de abundancia. Tener elementos “de más” permite estabilizar lo importante de la tarea y, a la vez, absorber perturbaciones sin que la ejecución se caiga.
En la práctica: un buen movimiento no es el que se repite idéntico como una máquina, sino el que logra el objetivo aun cuando cambian las condiciones. Por eso conviene entrenar con variabilidad —distintas bases de apoyo, ritmos, cargas, planos— en vez de buscar una única “técnica perfecta” congelada. Le das a tu alumno un repertorio de soluciones, no una receta frágil.
El cerebro no dicta fuerzas: parametriza leyes
La Hipótesis del Punto de Equilibrio de Feldman propone algo contraintuitivo: el sistema nervioso no especifica fuerzas ni activaciones musculares directamente. Ajusta parámetros —como el umbral del reflejo de estiramiento— y la fuerza real emerge de la interacción entre el cuerpo y el entorno. El control es de abajo hacia arriba (bottom-up), no un programa cerrado bajado desde arriba.
¿Qué implica para tu trabajo? Que la instrucción excesivamente milimétrica (“contraé exactamente este músculo con esta intensidad”) muchas veces interfiere. Suele rendir más una consigna orientada al objetivo y al entorno —“empujá el piso lejos”, “llevá el esternón hacia la pared”— porque le permite al sistema nervioso encontrar su propia solución dentro de las condiciones que vos diseñás.
Aprender a moverse: fases de Bernstein y Fitts-Posner
El aprendizaje motor produce cambios relativamente permanentes en la capacidad de moverse. Bernstein lo describió en tres fases centradas en los grados de libertad: al inicio el alumno los congela para simplificar; luego los libera, sumando articulaciones; y finalmente los explota para moverse coordinada y eficientemente.
Fitts y Posner lo complementan con tres etapas —cognitiva, asociativa y autónoma— y dejan una enseñanza incómoda pero valiosa: en la etapa inicial, cometer errores es importante. El error es información. Si en tu clase todo sale siempre perfecto, probablemente el estímulo sea demasiado bajo para que haya aprendizaje real.
Cómo llevarlo a tu próxima clase
Tres decisiones concretas. Primero, entrená patrones, no músculos: traccionar, empujar, flexión de cadera, apoyo monopodal y sus combinaciones, tal como aparecen en el deporte y la vida diaria. Segundo, dosificá la variabilidad: cambiá bases, ritmos y planos para que la sinergia sea robusta y transferible. Tercero, elegí consignas orientadas al objetivo y dejá que el sistema nervioso resuelva, interviniendo con feedback preciso solo cuando hace falta.
Entrenar desde el control motor no es sumar ejercicios raros: es entender qué hace el sistema nervioso mientras tu alumno se mueve, y diseñar la sesión para que aprenda a moverse mejor, no solo a cansarse más.
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